Los trenes en retroceso

 Por Alejandro Spagnoli y Maximiliano Daher


Los ferrocarriles son una parte importante del patrimonio nacional. Representan la conexión y el progreso de un país. No hace muchas décadas, el negocio de los trenes fue todo un éxito. El servicio era rentable, eficiente y económico. No obstante, en la actualidad, la realidad es muy diferente. Es muy habitual escuchar las quejas de los pasajeros y no es para menos: deben viajar hacinados y en muchos casos colgados de la puerta, sin mencionar la impuntualidad del servicio y los robos y arrebatos de los que son víctimas todos los días. Para que un servicio que pudo competir con ramales de capitales ingleses se encuentre en esta paupérrima situación, fueron necesarios una serie de procesos complejos. Procesos que podrían ser agrupados dentro de la manipulación neoliberal. Si se suma a esto la falta de educación, la compra de ferrocarriles en mal estado, los despidos, la pobreza, la violencia y la inexistencia de un modelo de país bien definido, el resultado será un círculo de problemas de difícil resolución, similar a un laberinto sin salida.


Los primeros ferrocarriles se hicieron durante la segunda mitad del siglo XIX. Los gobiernos liberales cedieron tierras y garantizaron tarifas en base a los balances de las empresas inglesas. El presidente Mitre entregó los ferrocarriles al capital inglés y años más tarde se construyeron nuevos tramos. A partir de 1900, la expansión del ferrocarril fue enorme. Este medio de transporte cumplía un doble objetivo: comunicar el país y mantener el control del territorio.


El desarrollo ferroviario motivó el crecimiento agropecuario, pero a la vez se produjo el estancamiento industrial. A mediados del siglo XX, los capitales británicos financiaban la mayor parte del crecimiento de la red ferroviaria y al mismo tiempo, condicionaban el desarrollo de la industria nacional.


De la mano de Perón llegó la nacionalización de los ferrocarriles, que fue su principal caballo de batalla en los primeros años de gobierno. El auge máximo llegó en 1957, con 47 mil kilómetros de extensión de vías. A partir de este momento, comenzó la involución del servicio.


Con las políticas neoliberales implementadas durante el gobierno de Menem y el argumento de que generaban perdida para el Estado, los trenes volvieron a manos privadas en 1992. Se despidió a miles de trabajadores engrosando el ejército de desocupados que llegó a índices escandalosos. Además, muchos ramales fueron suprimidos dejando a pueblos incomunicados.
En la actualidad, las concesionarias cobran subsidios millonarios que el Estado les otorga, sin embargo, no invierten para mejorar el servicio, que empeora día a día. La solución aún parece lejana y mientras tanto, los pasajeros son los rehenes de trenes que en lugar de avanzar, parece que retroceden.


El transporte, un derecho


El Estado debe garantizar el bienestar de sus habitantes y a la vez debe proteger su soberanía. Los ferrocarriles; un servicio que comunica a las distintas regiones, se transforma, entonces, en un elemento indispensable para la economía y el patrimonio nacional. Privatizar este servicio por el simple hecho de que de pérdida es un error muy grande, ya que las concesionarias trataran siempre de sacar provecho del servicio.


Como dice Pino Solanas en su documental, La próxima estación: “¿Los servicios públicos están para dar ganancias o para servir a la comunidad?”. Hay ciertas cosas de las que no se puede esperar ganar dinero. Un hospital público o una escuela pública no pueden depender de que generen ganancias debido a que cumplen una función mucho más importante. Dentro del balance social, sin duda, producen ganancias y eso es lo que se debe cuidar y fomentar.

Comentarios

Rodrigo Saldaña ha dicho que…
Ohh yo tenia esta planilla antes xD

y pensar de que me e subido muy pocas vecesa a un tren, onda como 4 veces :S

Saludos!!!!